Esclavos de la opinión

Os jodéis, que hoy me apetece jugar a ser Bucay.

Bueno, una mezcla entre eso y Alaska cantando “A quién le importa”

Últimamente, en mi entorno, han acaecido ciertos sucesos que me han hecho reflexionar sobre el valor que damos a las opiniones que los demás tienen sobre nosotros.

Realmente me apena ver a gente pasándolo mal solamente por lo que otros piensan; otros que, en muchas ocasiones, son auténticos desconocidos.

Opiniones capaces de sesgar la propia voluntad, los actos, con el poder de condicionar a las personas y limitar sus vidas. Vivimos esclavizados por el permanente escrutinio de cuantos nos rodean, sometidos a la tiranía del “qué dirán”, subyugados a los “likes” de la cena de Instagram y a los comentarios sobre nuestra foto posando en el espejo del baño.

Pero no podemos vivir siempre pendientes de “qué opinan de nosotros”, en general,  porque en algún momento de la vida tienes que aprender que no puedes agradar a todo el mundo. No, no puedes, asúmelo cuanto antes. A todo el mundo no le haces gracia, todo el mundo no te ve guapo, todo el mundo no piensa que eres brillante. Alguien te verá un palurdo graciosillo al que tu humor le toca bastante las pelotas, otros te verán feo de cojones y algunos pensarán que eres más tonto que las piedras.

La gente que trata de agradar a todo el mundo a mí me cae fatal, así que, ¿ves? ya no le caes bien a todo el mundo.

Por otro lado, y lo que yo creo que es lo más importante de todo: ¿de quién proviene la opinión y en qué circunstancias? 

Poniéndome yo misma como ejemplo, las opiniones sobre mí deben ser de lo más variadito. A saber:

Si preguntáis por mí en los bares donde salgo de fiesta, os dirán que soy una loca borracha que se agarra unos pedos de la hostia de lunes a domingo y que da puto asco. Mi reacción ante eso es que a mí me la suda bastante lo que piensen cuatro camareras que a mí no me conocen de nada, y que no tienen nada que ver en mi vida. Es decir, yo no tengo que estar preocupándome por la imagen que doy en un bar al que voy a desfasar y liarla lo que me de la gana; no voy a disertar sobre literatura contemporánea del siglo XX (bueno, igual sí, pero para intentar usar a Hemingway para ligar entre balbuceos, seguramente). Pero no estoy en mi curro, no tengo ninguna responsabilidad ahí, y es mi manera de pasármelo bien. ¿Qué coño más me da lo que una persona que me ve de fiesta piense de mí? Yo sé quién soy yo, y lo que es mi vida fuera de ahí. Y eso es lo que tengo en cuenta.

Del mismo modo, si preguntas en mi gimnasio, te dirán que soy una tía disciplinada, sana, que le echo huevos a todo, una cachonda, que no me callo ni debajo de las piedras…  Pero, ¿y si les preguntas a mis excompañeros de la universidad? Te dirán que soy una chica muy calladita, muy tímida y que voy muy a mi bola.

De lo que opinan en Twitter no vamos a hablar mejor.

Con esto, lo que quiero decir, es que las opiniones que tienen de nosotros son lo que mostramos, pero pueden ser percepciones meramente circunstanciales.

Yo no soy callada, ni soy tímida, pero pasé unos años de mierda, y no estaba para estar súper feliz con los compañeros de clase, ¿por qué tendría que sentirme mal por la imagen que podía dar de ser antisocial? Me la suda, yo sé que no lo soy, y eso me basta.

Lo verdaderamente importante es quién eres tú en realidad, eso lo sabes tú, y lo tienes que valorar solamente tú (esto parece una canción de Pablo Alborán). Lo que no te guste a ti, lo puedes cambiar. Pero POR TI, no por lo que otros piensen, o consideren que a su juicio es lo correcto.

Además, es que no tiene mucho sentido pedir una opinión a alguien que tiene una forma de pensar diametralmente opuesta a la tuya. Si yo me voy al Club de las Mujeres Homófobas Enamoradizas y Abstemias seguro que se vuelven locas diciendo que soy el Anticristo.

Bueno, creo que eso realmente me pasa con todo el mundo, pero me habéis entendido.

Que si tú eres una fiestera folladora y te juntas con cuatro pardas vírgenes a los 30, pues qué quieres que opinen… te mirarán de soslayo con sus tazas de Hello Kitty llenas de agua mineral mientras tú te bebes tu tercer copazo, y te dirán: “jo, tía, cómo te pasas, madre mía, tu vida es horrible”

Pues sí, me paso la hostia,  y porque no tengo más tiempo para seguirme pasando.

Sin embargo, si eso mismo lo haces con tus amigos que son peores que tú, te dirán: “joder, maldita maricona, ¿esa es tu tercera? Yo ya voy por el séptimo cubata”

Pues así con todo. Hay también que intentar rodearse de gente afín, coño.

Aparte de todo, la gente es que tiene muchísima necesidad de ir por la vida de abanderada de LO CORRECTO, dando lecciones de moral y llevando tatuadas en el pecho los tipos de conductas que ellos consideran adecuadas simplemente porque tu vida no es una balsa de aceite, por ejemplo.

Yo también podría criticar las vidas “perfectas”, porque desde mi punto de vista son un puto coñazo, pero no intento corregir ese estilo de vida solamente porque yo piense que están desperdiciando cada uno de los días que viven.

Con todo esto no quiero decir que se tengan que despreciar las opiniones de los demás de manera categórica e inapelable, solo que pienso que, antes de sentirse mal por una opinión, se valore el origen y, sobre todo, que se anteponga el conocimiento de uno mismo, el saber quién eres.

No dejes de ser tú para agradar a los demás, no dejes de hacer lo que te apetece por lo que otros piensan. No supedites tu felicidad a lo que nadie pueda opinar.

Una opinión infundada nunca te hará daño si te conoces y te sientes bien contigo, si eres consciente de dónde vienes y hacia dónde encaminas tus pasos.

Conclusión: si la gente te señala, te apunta con el dedo, susurra a tus espaldas, que te coma mucho el coño.

 

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