El esguince, la inglesa y la veinteañera cuarentona

 

Hola. Soy jefamaestra. Me recordarán de otras entradas como “La socorrista” o “El guisante pinchado en la patata”, en los que el denominador común era mi depurado estilo para tener los cojones de quedar con gente sin pedir una sola foto y acabar traumada en camas nido llenas de pelusa con una gorda gigante al lado intentando bajarme las bragas.

Con 19 años la vida no para de enseñarte cosas, y en esta ocasión me enseñó que, a la hora de acudir a una cita a ciegas, es muy importante contar con todas las extremidades y que éstas se hallen en perfecto estado.

Un día, después de clase estar de cañas todo el día, estaba con mi amigo maricón en mi casa metidos en los “Contactos de Chueca” que era una herramienta maravillosa para conocer gente invención del puto diablo para que las lesbianas nos matáramos entre nosotras. En plan autoexterminio. Parecido al efecto de Twitter ahora, pero con otro estilo, en plan perfiles de mierda donde ponías lo mucho que te gustaba leer filosofía clásica para comerle el coño a cuatro gafapastillas flipadas.

Ahí también había gente sin foto, claro, y yo soy una temeraria del amor. Empiezo a hablar con una chica de 22, que es muy maja, intereses comunes, me mola el rollito. Nos agregamos al Messenger. (un día dedicaré una entrada a las herramientas vintage preferidas de las bolleras y los tipos de dramas que generaban)

Al día siguiente, yo jugué un partido de fútbol por la mañana y no sé bien qué pasó, debí llevarme un golpe, o apoyar mal o lo que sea, pero por la noche cuando estábamos de fiesta, me empezó a doler el pie una barbaridad. Mis amigos me dijeron “tía, si te duele el pie, deja de saltar y de bailar así que…” y yo “NO TIENES NI PUTA IDEA, YO HE JUGAO AL FÚTBOL CON ESGUINCES”

Yo tenía un dolor de pie de flipar, pero había una chica que me hacía gracia in da house, así que fui a hablar con ella con gestos de haber recibido un disparo en la pierna. Resulta que era inglesa. Yo ahí estaba en mis inicios de Traducción e Interpretación, con lo que di rienda suelta a mi fluidez anglosajona, siempre asistida por mi secretario Cutty Shark.

Ahora, cuando quiero hablar en inglés, utilizo las letras de Pitbull.

De repente, en lo que estoy hablando con la inglesita, una gorda vino y me dio un beso, en plan un pico. Mis amigos venían corriendo a quitarla, porque estaba todo moco y ya les había dicho a ellos que iba a ir a “robarme un beso” y, aunque le dijeron que lo mismo yo le daba una hostia, la piba se arriesgó. La inglesa, que era todo pequeñita, la empujó. La gorda entró en modo furia y la iba a liar parda, yo me iba a poner en medio para que no recibiera la inglesa (si es que soy un caballero) y la GORDA ME PISÓ EL PIE. 120KG DE CHOPED SOBRE MI EMPEINE HINCHADO.

ME CAYERON DOS LÁGRIMAS POR LAS MEJILLAS.

Mis colegas apartan a la gorda, las amigas de la gorda no sabían qué pasaba, porque fue todo en treinta segundos, yo ya no podía mantener el pie apoyado pero ni rozando el suelo, pero por mis santos cojones que tenía que aguantar para liarme con la inglesa. Aunque el precio que tuviera que pagar fuera un pie.

Total, me estoy liando con la inglesa pero es que ya no podía aguantar ni el dolor ni podía aguantar de pie sobre una pierna tanto rato, estaba incomodísima.

Me llevan a casa.

Me colgabas una cesta del pie y era un globo aerostático.

Tenía el pie más gordo que las tetas.

La inglesa me escribe un SMS que ponía: “lo siento por tu pie! Quiero un bebé contigo muchísimo!”

Total, al día siguiente, después de ir al hospital y todo el rollo, estoy ya con mis muletas en casa, con el pie en alto y todo el mundo sometido a mi voluntad y obedeciendo mis órdenes. Como siempre, vamos.

Ahí sentadita y sin poder salir a ninguna parte, vuelvo a entrar en los contactos de chueca, y recuerdo a la chica esa. Hablamos por Messenger un buen rato, le cuento lo del pie, nos descojonamos… Y me dice “bueno, que el esguince no significa que tengas que estar en casa encerrada… yo te recojo con mi coche, y vamos a cenar a alguna parte”. Me niego. Insiste en invitarme a cenar y que no tenga yo que andar ni nada.

Me parecía muy raro, y más que seguía sin ver fotos suyas y demás. Que podría ser un señor de 48 tocando las pelotas.

Me da su teléfono y hablamos. La piba era muy maja y teníamos buen rollo. Pero claro, yo no la veía muy de “mi edad”. La veía muy madura xDDD y tanto. Menuda zorrra.

Accedo a que me recoja, me lleve en brazos hasta el coche, me siente en un restaurante, me pague la cena y me coma el coño. No era mal plan.

No era mal plan hasta que la vi claro. 22 años, sí, en cada pata. En cada pata de una araña.

Y bueno, que la edad daba igual, pero era bastante desagradable.

Aunque peor que ser fea, son las malditas hijas de puta mentirosas. Yo cuando vi el panorama, en lugar de cabrearme, pensé: “ok, me vas a pagar la cena pero de puta madre”

Pedí todo lo más caro que veía en la carta. Y un buen reserva, por supuesto. La pava lloró al ver la cuenta. Pero vamos, yo la miraba sonriente al lado de mis muletas.

Yo pensaba haber sido lo suficientemente estúpida y niñata como para que la tía se diera cuenta de que me había tocado los cojones, pero sobrestimé su CI.

En el parking me propone ir a tomar una copa, me intenta comer la boca y se llevó una cobra por no llevarse un muletazo.

Le hice una cobra que mi cuello era el cuello de Boomer dando vueltas por las columnas del parking. Estiré el cuello hasta la planta -8 del parking de la calle de al lado.

Si hubiera tenido las dos piernas a tope, hubiera huido como Flash. Pero huir indignada a cámara lenta con unas muletas, es algo absolutamente humillante.

Yo me quería ir a mi puta casa, y se puso muy pesada. En un alarde de lucidez maestra, le suelto que tengo novia. MADREMIA. Para qué.

Que si he jugado con ella, que si no sé qué locurote me monta y me deja TIRADA con las muletas en mitad de una calle a tomar por culo a la 1 de la mañana.

Menos mal que con una sola llamada en menos de media hora un amigo me recoge allí.

Nos vamos a tomar algo a Chueca. Llamo a la inglesa y también andaba por allí cerca, se iba al día siguiente de vuelta a London, así que podíamos despedirnos. Y sí, despedirnos es un eufemismo. Despedirnos, comernos el coño salvajemente, como queráis.

Estoy con mi colega, con mis muletas y con la inglesa y APARECE LA DE CUARENTA EN EL BAR. Nos quedamos todos mirándonos como… “pues ya estamos todos”. La inglesa no sabía lo que pasaba.

La de cuarenta pensaba que la inglesa era la novia ficticia de la que le había hablado y le dijo no sé qué coño en plan “Ten cuidado con ella” que la inglesa no entendió, pero no por ser inglesa, sino porque la otra hacía aspavientos señalándome y gritando sin vocalizar demasiado.

En dos días, la inglesa había tenido que empujar a una gorda y a una vieja, y ya me miraba un poco en plan desconfiado del rollo… “siempre que estoy cerca de ti pasan cosas raras con tías raras”. Yo trataba de explicarle lo que había pasado, pero no le hizo mucha gracia.

Además qué más le daba, si se iba al día siguiente. Pero ya había mal rollo. Lo único que conseguí de la inglesa fue un polvo rápido en un baño, apoyada sobre una sola pierna y un poco de mala hostia.

Podría estar en una casa en Notting Hill ahora mismo, y no lo estoy gracias a una gorda robabesos y a una cuarentona que se hacía pasar por veinteañera.

Hijas de puta.

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